25 abr. 2007

LAS CASAS - 4

Otras viviendas tienen dos cocinas. Una que verdade­ramente efectúa su labor. Otra transformada en salón de recepciones; tiene, entonces, los morillos bien relucientes, como de no conocer el humo. De las llares cuelga una cal­dereta en la que hay plantada una enredadera que derrama sus tallos hasta rozar el suelo.
En los vasares se ven platos de Talavera y del Puente del Arzobispo que se utilizan para comer, aun cuando sus arabescos parecieran indicar que solo debieran utilizarse con motivo ornamental.
Cuando llega el verano, todo lo que sea eliminar calor de la casa encuentra aceptación. Las viviendas que tienen huerto posterior, tienen en él un fogón para guisar en verano. En ciertas calles no principales, son varias las vecinas que han acordado construir un fogón común adosado a cualquier tapia, y allí están toda la mañana varios pucheros de barro cociendo, cociendo. Este procedimiento de cocinar en la calle he leído que se emplea mucho en Napóles. En Poyales se practica algo, pero no tanto como en el vecino Guisando. Hasta hay quien dice que de ahí le viene el nombre.
Guisando es afortunado y ha alcanzado cierto renombre desde el punto de vista turístico. He visto escrito en algún sitio en letras de molde, que los toros de Guisando están en el término municipal de dicho pueblo. Hay que seguir advir­tiendo que Guisando, municipio, nada tiene que ver con el Cerro Guisando, anejo de El Tiemblo. En el Cerro Guisando están las ruinas del monasterio famoso. Allí están las escultu­ras de los toros. No en las proximidades de Guisando, pueblo, sino alejados de él setenta u ochenta kilómetros.
Muchas veces se ha dicho que en las aldeas se ha pasado del candil de aceite a la luz eléctrica de un salto, sin conocer los estados intermedios del quinqué de petróleo o de la lámpara de acetileno. Es verdad, pero el candil no ha sido deshancado totalmente. Algunas viviendas, muy pocas, ha­bía donde no se introducía el alumbrado eléctrico porque la pobreza de sus moradores les hacía optar por el candil. Si está encendido permanentemente, resulta más caro el aceite qué la electricidad. Pero si ésta se vende a tanto alzado y no por contador, resulta más barato el candil, pues le utilizan lo menos posible, mientras se adereza y toma la cena, yéndose ala cama y acostándose a oscuras. Pero estos casos solo ocu­rrían antes de la guerra.
Aparte de esto, en todas las viviendas continúa siendo el candil un objeto de uso cotidiano, a causa de la misma razón, porque se cobra el fluido eléctrico por el número de bom­billas instaladas y no por contador. Algunos más pudientes han procedido a comprar el contador por su cuenta y de esa forma han conseguido poner luces en todas las piezas de la vivienda; en la cuadra y en el sobrado, en la bodega y el cuarto del aceite. Otros no pueden o no quieren hacer ese gasto y continúan teniendo una sola bombilla en la cocina, que es donde realmente se vive. Si hay que subir al desván por pinas o ir a la cuadra a echar el pienso a las caballerías, incluso cuando se va a la alcoba a acostarse, para esos me­nesteres de pocos minutos es conveniente echar mano al candil, que para eso está siempre colgado de la campana de la chimenea. Si está encendido el fuego, no es necesario gastar cerilla para prender el candil. Con las tenazas se coge una astilla que despida buena llama y se aproxima a la mecha. Quizá los trozos llameantes sean demasiados gruesos para ser cogidos con las tenazas. Entonces se toma un pequeño tizón y es introducido en el depósito del aceite, donde se apaga. Una vez que se ha impregnado del líquido se lleva con las tenazas dentro de la llama, se alcanza el punto de inflamación y se forma una llama muy brillante del aceite en ignición que se aproxima a la mecha.
Para obtener un mayor rendimiento de la única bombilla que suele haber en la casa, se recurre al procedimiento de no tenerla fija, sino ambulante, mediante un largo cordón que hace se la pueda llevar donde sea necesaria. La bombilla está casi siempre junto a la lumbrera o fogón, pues es allí donde más se necesita. Es donde se guisa y donde se conversa du­rante la velada. Terminada la cena, el ama de la casa, su hija o su sirviente, han de fregar los cacharros. Aveces encienden el candil. Pero si no queda nadie en la cocina, se sube de pie en el escaño y descuelga la bombilla. El cordón no está fijo, sino sujeto a alguna alcayata colocada en un cuartón, o bien en uno de los muchos clavos donde se cuelgan las morcillas y chorizos en tiempo de matanza, que llenan todos los cuarto­nes del techo. Descuelga, como decimos la bombilla y como si fuera una linterna portátil la lleva al cuarto del fregadero, donde la vuelve a colgar del clavo de la pared y allí permane­ce hasta acabar la faena.
En tiempo de la otoñada se ha acarreado la cosecha del maíz, y se han ido depositando las mazorcas en el zaguán. Están envueltas en las hojas que llaman la camisa. Hace falta descamisado. Se invita a los vecinos para que a la noche, des­pués de cenar echen una mano, que lo hacen de buena gana porque ellos necesitarán el mismo servicio. Acuden todas las familias de la vecindad, hombres, mujeres y chiquillos. Se arma una divertida velada, mientras se trabaja, al tiempo que dicen acertijos, cuentos, romances y hasta cánticos. ¡Ah! hace falta luz en el zaguán. El ama descuelga la bombilla, la baja por la escalera y la cuelga en el techo del portal. Lo mismo se hace si se necesita luz en la sala.
Una vez se averió una bombilla del alumbrado público. El vecino de la casa en cuya esquina estaba el aparato, no le gustaba ver su calle a oscuras. Antes de acostarse sacó la lámpara de su cocina y allí la dejó, colgando sobre la fachada, proyectando su luz sobre la calle en sustitución del foco municipal.
Elemento importante en la vivienda es la sala con las dos alcobas. Estas interiores, sin luz ni ventilación. ¡Hermanos albañiles de los pueblos, albañiles que a la vez hacéis de arquitectos! ¿Cuándo os vais a decidir a hacer alcobas con ventilación? No creáis que el sereno colado sea malo. Eso era en tiempo en que los vidrios en las ventanas era un lujo que solo se los permitían en sus palacios los reyes y los magnates. Ya, hoy día, pueden tener las alcobas ventanas y éstas con vidrios que dejen pasar la luz pero no el frío.

"A tu puerta puse un guindo, y a tu ventana un cerezo..."

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